Diario di bordo V

18 de febrero de 2013, Cagliari


Ha pasado ya mucho tiempo desde que regresé de México, hace 2 meses que bajé de ese avión y pisé suelo italiano. Tal vez ahora mi regreso está asumiendo otra connotación, porque las impresiones se modifican, a medida de que me alejo del momento en que me fui de la Ciudad.

Pensé que el último capítulo de mi “Diario di bordo” (cuaderno de bitácora) tenía que ser en español, por una especie de lógica especular: en México escribía en italiano para que mis amigos pudieran conocer mis sucesos y mis pensamientos, mientras que la parte conclusiva debía ser escrita en español, en Italia, precisamente en Cagliari -ni siquiera en mi pueblo-, para cerrar un circulo, creía yo. Regresar en el punto de donde todo tuvo inicio.

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Además, creí que lo hubiera hecho antes, pero pasó todo de prisa –ir al trabajo enseguida, regresar a mi pueblo, buscar piso en Cagliari, mudarme en Cagliari, estudiar para el examen, la Uni, el trabajo- y el tiempo se me escapó (¿Cómo puede escaparte algo que no posees?), hasta que hoy, por fin, después de haberlo pensado unos días y con mi mente un poco menos ocupada porque me encuentro con gripe y no he ido a la oficina en dos días, pues, al final lo estoy escribiendo, aunque no sean muchos los que lean esta entrada.

Ni sé de dónde empezar. Pues, comenzaré diciendo que, como me esperaba, el regreso estuvo bastante traumático. Encontrarse de repente en otra parte del planeta con la mente todavía al otro lado es algo impactante, a sabor de nostalgia.

El viaje de regreso fue bien, por un lado, Maura y yo estábamos felices de regresar, para continuar lo inacabado y reencontrar a nuestros queridos, pero bien conscientes de lo que nos dejábamos atrás, todas las emociones y las experiencias, recordándolas durante el viaje. Todo lo vivido fue, a fin de cuentas, un enorme tesoro. Sabía que iba a serlo, pero no cómo ni cuánto.  A medida de que pasa el tiempo me parece que esos días los he vivido mucho tiempo atrás, como años. No me parece posible que solo hace poco me encontraba allá, pero tal vez es lo normal, no sé.

Lo que sí sé es que dejó una huella bien grande que no sé describir, ni puedo contar precisamente lo que plasma esta raya tan presente y real. Fue todo el conjunto, un inexplicable montón de fotos que puedo describir pero  nunca podré transmitir lo que significan para mí.  La verdad es que a veces me parece que mi mente no quiere entrar en esos recuerdos, por la tristeza que conllevan y la nostalgia que me dan (¡Cómo funciona de manera fascinante la memoria!). Tal vez lo esté idealizando demasiado, tal vez tengo solo ganas de escapar sin razón, puede que lo que tenía allá ahora me parece lo ideal, aunque en realidad no lo es.

De todos modos creo que todos, cuando me preguntan sobre México, notan como mi cara cambia de repente: una sonrisa satisfecha se me dibuja en el rostro, me sonrojo antes de empezar a hablar, mis entrañas bailan alguna danza indígena que desconozco, y mientras hablo mis ojos se abren de par en par y tal vez brillan. Eso lo dice todo.

Estoy escribiendo esto porque creo que tengo una deuda con las personas que conocí o que solamente encontré. Siempre me digo que no podría vivir allá para siempre, porque, obviamente, hubo también cosas que no me dejaron a gusto, pero todo lo demás valió la pena probarlo. Valió la pena también experimentar las cosas negativas, como esa tendencia de hacer siempre todo con atraso, tener que esperar en colas larguísimas de gente en el súper, en las oficinas, o para subirse a la combi, o la burocracia en la Uni que me mataba cada día y de la que sólo pude salir un mes antes de mi regreso, la comida demasiado picante y mi primera intoxicación alimentar, el tráfico, la contaminación. Por otra parte puedo decir que la gente y los lugares me dejaron asombrada, empecé a ver las cosas por una perspectiva diferente, entendí que tal vez hay más maneras de hacer algo y que estas también pueden tener éxito, aprendí una profesión concreta, investigué y conocí personas y mundos diferentes (mucho menos de lo que podría haber conocido), intenté abrir mi mente al diálogo y a la discusión (no siempre de manera correcta), he tratado entender las diferentes caras de algo que me parecía establecido, he visto como se puede crear arte con lo sencillo, como hacer de una tarde cualquiera una tarde especial. Trabé amistades profundas, otras las arruiné. Tal vez no le saqué bastante provecho a todas las oportunidades, pero quedo satisfecha con lo que me llevé.

En fin, la suma de todo esto sería “Gracias México”, incluyendo todo lo que en esta breve ventanilla temporal pude experimentar, por lo que de otra manera no hubiera podido vivir y que, de todos modos, me daba miedo vivir.

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